Antes de iniciar un viaje así,
siempre te propones escribir un blog –esta vez sí, te repites a ti mismo-, pero
luego entre unas cosas y otras, el blog se queda en dos o tres entradas, y ya.
De momento, aprovechando que el jet lag me despierta a las 5 de la mañana y que
la lluvia de la sierra ecuatoriana merma mis ganas de salir a desayunar,
empiezo con las primeras impresiones sobre mi llegada al Ecuador.
Es curioso porque un país que no
estaba en mi lista de “lugares a los que ir”, paulatinamente me ha ido
sorprendiendo, incluso desde antes de haber pisado sus tierras. Desde hace ya un par de años, Ecuador se proyecta como un nuevo destino turístico por sus
paisajes, su comida, el clima, el buen carácter de sus gentes, y la fama que
tiene de país “tranquilo” y de ritmo pausado. Eso lo comprobé nada más tomar
tierra en Guayaquil. Al personal aeroportuario no le importa que hayas pasado
14 horas en un avión y que estés deseando llegar a tu lugar de destino. “Aquí
va todo pausado, mija, todo pausado”,
me dice el ecuatoriano que espera detrás de mí en la cola del control de
inmigración. Esa tranquilidad se rompe
nada más abrirse las puertas del área de llegadas del aeropuerto. Un bullicio
de primos, hermanos, tíos, abuelos y sobrinos, esperan con pancartas, bocinas y música, ansiosamente la llegada de sus más
queridos. Muchos llegan para quedarse; otros –como el italiano que viajaba en
el asiento de mi lado- para hacer negocios. Porque sí, la economía de Ecuador
crece y con ella, las ganas de empresarios e inversores extranjeros de abrir
negocios en el país.
Además del atractivo económico,
Ecuador es un reclamo para los amantes de la naturaleza. Y no me extraña, ¡qué
paisajes!. Con motivo de mi investigación, viajo en furgoneta desde Guayaquil a
Cuenca, la tercera ciudad más importante del país –económica y políticamente
hablando-, situada en la sierra Andina, a unos 2500 metros de altitud. ¡Qué vistas durante el viaje! Los acantilados cortan
el hipo, los verdes son de mil tonalidades diferentes y la niebla intensa parecen más bien nubes. Hubiese
disfrutado mucho más del viaje, y del paisaje, si no fuese porque casi me dan varios
ataques al corazón por las habilidades del conductor y su velocidad media, en
una carretera de doble sentido, súper estrecha, con acantilados en el lado
derecho, continuas curvas, gallinas que se cruzan con sus cuatro polluelos detrás,
y un sinfín de lentos camiones que suben la sierra con
unas letras tamaño 100 en su remolque que advierten: PELIGRO INFLAMABLE. En
fin, toda una aventura. Y no, no era cosa mía, de la europea. El resto de
pasajeros ecuatorianos les rogaban a los dioses tanto o más que yo. Al fin y al
cabo, yo estaba en mi salsa con cuatro horas de viaje amenizadas por pura música
de salsa y otras bachatas de esas que me gustan a mí.
Felizmente (como diría mi amiga
peruana), llegamos a Cuenca. Una ciudad colonial, que se consolida como un
nuevo enclave turístico, principalmente de americanos y canadienses. Es
gracioso porque el día que yo desembarco en Ecuador, Rafael Correa –presidente de
Ecuador- llega a Barcelona para ser nombrado Doctor Honoris Causa por la
Universidad de Barcelona, un galardón que ha dedicado a la inmigración
ecuatoriana en España. Ahora, parece que la tortilla se gira, que
Ecuador ya no exporta, sino que importa inmigración, y yo me pregunto qué tipo de
respuestas se van a dar a este proceso por parte de las autoridades ecuatorianas. Espero que mi investigación en los
próximos meses aporte algunas respuestas a este hecho. Por ahora, aprovecho que la lluvia va
aminorando para salir a desayunar.
pd: comprenderéis que con
semejante viaje no me atreviese ni a sacar la cámara de la mochila, pero
próximamente, fotos.
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